Susanne Lange. Don Quijote von der Mancha: una nueva traducción (II)

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras on octubre 22nd, 2011 by soypielroja

Don Quijote von der mancha: una nueva traducción
Susanne Lange
Traducción: Joan Parra
(Fragmentos del epílogo de Susanne Lange a su versión alemana de Don Quijote von der Mancha, publicada por la editorial Carl Hanser en el 2008.

En 1622 apareció la traducción italiana de Lorenzo Francosini. Por entonces ya estaba anunciada la primera versión alemana, a cargo de Joachim Caesar, pero las turbulencias de la guerra de los Treinta Años impidieron que se publicara antes de 1648. Las circunstancias privaron también a Caesar de avanzar más allá de los 23 primeros capítulos, con lo que la obra quedaba reducida al formato de novela corta que al parecer Cervantes había previsto en primera instancia. Este traductor, natural de Halle (Sajonia), ya había vertido al latín en 1622 el Examen de ingenios de Juan Huarte, una descripción de la teoría de los temperamentos y su influencia en la formación del intelecto, a la que posiblemente recurrió Cervantes para los estudios caracterológicos de sus personajes. La traducción del Don Quijote la publicó bajo el seudónimo Pahsch Basteln von der Sohle (seudónimo inspirado en «Don Quijote de la Mancha») bajo el título Don Kichote de la Mantzscha, Das ist: Juncker Harnisch auß Fleckenland.(1) El título revela la estrategia adoptada por el traductor, que, a diferencia de la mayoría de sus sucesores, expone su programa en el prefacio, afirmando que «toda traducción correcta debe estar hecha como si la obra traducida hubiera sido escrita originalmente en la lengua a la que se traduce» [«daß jedwede rechtmässige Dolmetschung also beschaffen seyn solle / samb wer das Werck / so darinnen gedolmetscht wird / uhrsprüncklich in des Dolmetschen Muttersprach beschrieben»]. Con ello, Caesar se distancia explícitamente de la primera traducción francesa, a la que acusa de exceso de literalidad: «El [traductor] francés sigue las palabras a pies juntillas» [«Der Franzoß geht schnurstracks den Worten nach»]. Él, en cambio, se propone no verter palabra por palabra, sino «significado por significado y sentido por sentido» [«meinung mit meinung und verstand mit verstand»], y subraya que la traducción del español al alemán entraña una dificultad mucho mayor que en el caso del francés, debido a la gran diferencia entre las raíces de cada una de las dos lenguas. En cambio, una traducción del español al latín se le antoja empresa más liviana.

Caesar trabaja en la época de esplendor de las sociedades lingüísticas alemanas del Barroco, empeñadas en sustituir los abundantes extranjerismos por equivalentes extraídos del acervo léxico alemán, y con su traducción pretende demostrar que la lengua alemana no tiene nada que envidiar a la española. Empeñado en mostrar la riqueza del alemán, se dedica a encadenar sinónimos aún con más fruición que el propio Cervantes, y llega a pedir disculpas en el prefacio por haber usado algunos términos extranjeros para los que no ha encontrado equivalente, como Text, Poet o Capitel. Sustituye Autor por la forma germanizante Schrifttichter, y califica al Quijote como Narrwerck, a su entender el mejor equivalente alemán de «sátira», género en el que encuadra la obra. Traduce incluso los nombres propios, y por ejemplo reemplaza «Quijote» por Harnisch (ya que al parecer la traducción literal Beinscheide (2) no le parece suficientemente literaria), y en el caso de Sancho Panza recurre a Pantschmann (o liebes Pantschmännlin), Großbauch o Großpantsch,(3) un título que sin duda habría agradado a Sancho. Y va aún más lejos cuando decide, contra el buen sentido etimológico, traducir la Mancha por Fleckenland [“tierra de las manchas”]. Sin embargo, su traducción resulta muy enriquecedora gracias al constante juego con las palabras y los neologismos, muy propio del Barroco y también muy caro a Cervantes, en el que los traductores posteriores han sido más reticentes a entrar. También es decisiva la proximidad temporal al Quijote original: la lengua de Caesar todavía está en la estela del Siglo de Oro español, los libros de caballerías y derogleichen Schlachtenbüchern [«semejantes libros de batallas»], como él los denomina.

El carácter innovador del trabajo de Caesar se aprecia claramente si se tiene en cuenta que la primera gramática hispano-alemana tardaría todavía algunas décadas en publicarse (Viena, 1670). Por entonces, la intelectualidad alemana desconoce todavía la literatura española. En 1682, el poeta barroco Harsdörffer vierte en forma de anécdotas abreviadas las Novelas Ejemplares de Cervantes, y en 1707 se traduce de la versión francesa de Lesage la segunda parte apócrifa de Avellaneda. En general puede afirmarse que en el siglo XVIII la recepción del Quijote en Alemania se solapa por completo con el aspecto que Avellaneda había subrayado en su segunda parte: el hidalgo como loco de atar y el escudero como aldeano vulgar e ingenuo. En 1734 aparecerán, de nuevo a través del francés, dos nuevas traducciones anónimas del Quijote en Basilea y Leipzig. El autor de la última confiesa abiertamente en el prólogo su intención de realizar una traducción libre, es decir, «expresar de manera clara y sin embarazos los pensamientos del autor», algo que le parece ineludible para poder mantener la amenidad de esta clase de libros. Coincide en esto plenamente con David Fassmann, que publica, también en 1734, una recreación libre del Quijote reducida a una serie de historias cómicas que dos amigos se narran y comentan, con la intención, declarada en el prólogo, de «extraer la sustancia» del original y «dejar fuera la cáscara, para que todo resulte más grato». En consonancia con ello, su versión lleva por título Angenehmes Passe-Tems, Durch welches zwey Freunde einander mit nützlichen und lustigen Discursen vergnügen [«Pasatiempo agradable con el que dos amigos se divierten el uno al otro por medio de discursos provechosos y amenos»].

No es de extrañar, pues, que la primera traducción alemana pretendidamente completa realizada directamente desde el español (1775–1778) incluya sin ningún empacho la continuación de Avellaneda como parte integrante de la novela. Su autor es Friedrich Justin Bertuch (1747–1822), editor y publicista, que aprendió español expresamente para esta empresa y estuvo a punto de perder por completo la visión del ojo derecho por culpa de las noches en vela que le consagró. En recompensa a tamaño esfuerzo, su versión obtuvo un éxito tan enorme que los beneficios le permitieron comprarse una casa de campo. Pero en realidad este Quijote del Siglo de las Luces dista mucho de ser completo. Bertuch omite los episodios intercalados, resume frases, acorta epígrafes de capítulos y a medida que avanza el texto va tomándose cada vez más libertades, añadiendo fragmentos de su cosecha y eliminando todo aquello que a su entender no encaja con el carácter de la lengua alemana. Su traducción pone el énfasis ante todo en el aspecto cómico y soez, hasta el punto que Don Quijote parece estar cortado por el mismo patrón que Sancho. Bertuch suele acompañar los juegos de palabras de Cervantes con la anotación: «Estos pasajes son intraducibles».

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Jorge Luis Borges. Risa solitaria, fraudes parciales: la gesta del manco Wenceslao

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras on septiembre 25th, 2011 by soypielroja

“A mode of truth, not of truth coherent and central, but angular and splintered”.

Para los lectores encariñados con Buenos Aires, afirma Borges, ha agregado algunos capítulos suplementarios a Evaristo Carriego en la edición de su Obra Completa emprendida en 1969. Esa versión es la misma que entrega en 1955. Uno puede creer que está leyendo algo sobre el tango, el culto del coraje, los cuchillos y hasta una historia más de compadres y forajidos en escenarios rurales.  Sin embargo, invisible y suntuaria, se nos ofrece una reflexión sobre la obra completa de Richard Wagner, el leit motiv que debe servir de fondo musical a la indagación borgeana.  De los maestros cantores y la primitiva orquesta de flautas, violines y bandoneones, para la historia de Wenceslao Suárez ya debemos imaginar la atronadora cabalgata de las walkirias.

Como siempre, Borges avisa. Será tímido y, a diferencia de los extraviados hermanitos Hänsel und Gretel,  no pasará de las migas a las piedras pero avisa. Muchas son las referencias, algunas ya socorridas. Es casi seguro que no imagina el autor que se le dispensará otro trato después de años de acumular modos parciales de la verdad en todas las literaturas de todos los tiempos : los ríos, el Marne – y no el Rin–, Schopenhauer, Wilde, los wagnerianos, Hegel y el Estado, las herejías nacionalistas, la alusión y explicación del significado de Bildungsroman, la fe expresada por Sigmund (“creo en mi fuerza”), los lobos, los comentarios sobre resurrecciones de mitos heroicos, los nombres y sus cifras, las espadas, las sumas de las épicas, los deslindes entre las culturas agrícolas de latinos y griegos y las de los caballos y el culto del coraje, la dilatada espera entre afrenta y venganza, la historia de amor entre Brunilda y el niño cuyo destino protegió y que será quien la despierte, bastante luego.

Ya en 1922 se sorprendía Borges de la capitulación de la curiosidad de los lectores, que atribuía a una holgazana incapacidad para tantear las pruebas que el escritor aduce y también la muestra de borrosa confianza e la honradez del mismo. Lo escribió en un libro que no quiso reeditar. Presumo que en esos libros Borges todavía confiaba en soliviantar esa  supersticiosa ética de lectura, que sin dudas no compartía.

El lance de Wenceslao traspone muy cómicamente la historia del welsungo  Siegmund, cuya casa es incendiada, su madre asesinada y su hermana raptada por forajidos de otros clanes y designios de dioses. Hay una espada fabulosa que nadie ha podido arrancar del tronco del árbol donde la clavó un forastero. Está reservada a Sigmund. La historia requiere la inexistencia de espejos. El encuentro fraterno es primero enamoramiento a primera vista entre los mellizos que, tiempo ha pasado, no se reconocen. De ese amor sólo importará el fruto, el niño Siegfrid, aunque no ya para este drama cuyos protagonistas serán Wotan y su hija y que se cierra con la pérdida de la inmortalidad de Brunilda, sumida en largo sueño.

Como siempre, en los capítulos que no se  le olvida incluir en su Carriego y en los que contrabandea el excursus wagneriano, es significativo lo que manda a leer.  En este caso y entre otras lecturas, Dante, Inferno, XXVI.

Borges nos conduce, a través de Dante, al lugar donde se castiga a los fraudulentos. Precisamente allí  encontramos a Ulises, entre otras cosas, por una historia de engaño con caballos. No estaban advertidos los troyanos sobre limosnas grandes y desconfianzas de santos. Pese a lo inverosímil de la impostura, los troyanos se mantuvieron fieles al mandamiento que prohíbe revisar los dientes a caballos regalados.

De la lectura del florentino podríamos sacar más conclusiones. Ni Dante ni Virgilio conocían “La Odisea”. Fue más bien conjetural pero varia la imaginación que se consagró a imaginar posibles destinos para el astuto Ulises. Sabemos que a Roma le interesó más consagrarse a Troya. Al menos fue el caso de Virgilio, que encuentra allí el pasado legendario de Eneas necesario para la Roma imperial que construye, en calidad de poeta oficial y contemporáneo de la leyenda local.  Sobre el tema, escribirá un artículo en una revista uruguaya titulado “El enigma de Ulises”.

Arrabalero estoico que cita a Epicteto a Marco Aurelio y a Boecio, Borges comparte la espada de Cervantes, la de la risa, como explica Juan Montalvo, irreconocible como John Vincent Moon, que lejos de ocultar la marca de la espada, la ostenta en el más que climático desenlace.  Se rió, Borges, eterna e infinitamente de todos nosotros.  La cicatriz es la señal de Odiseo: podemos fingir que todavía no se había patentado en la Argentina la dactiloscopia. En feliz correspondencia, la marca también ingresa a la biografía de uno de sus personajes y autores citados: Sir Thomas Francis Browne. Más que el tosco realismo literario aburre a Borges la insípida biografía de sus contemporáneos: mucho más deslucida la transposición de historias pedestres en libros prescindibles. Borges nos recuerda, para bien, el tamaño de nuestra ignorancia, con la indicación de que podríamos esforzarnos por corresponderlo a la manera simbolista, con el tamaño de alguna esperanza. Nos recuerda que a menos que averigüemos, no sabemos nada de Juan Vucetich ni de Francisca Rojas, infame filicida de la patria, Medea de los pagos de Quequén.  De hecho, el Ulises dantesco no merece la espera de Penélope: sediento de aventura, ya no procura regresar a Itaca después de su demora con la maga Circe.

¿No hay regreso, no hay Itaca? Sin borrar del mapa ese deseo de regreso a la patria natal, Kavafis advierte en su bello y sabio poema que conviene no darse prisa en regresar, que lo que cuenta es el viaje. Tal vez lo que no hay, por suerte, es detectives astutos en mediocres arrabales sudamericanos. Invito a leer y releer todas las parciales magias: descubrir dónde se relata la historia del Santo Sepulcro, con Salomón y David, donde, por los siglos de los siglos, Cristo es hijo de Dios. En fin, nos basta con leer que Tarik es hijo de Zaid. Es fácil reconocer las sombras vivas de personajes, traductores, vidas inventadas y “vividas” de esa galería que parece de infames sólo muy exteriormente. En esas historias se duplican Santos Chocanos, pandilleros neoyorquinos, escritores, personajes de esos escritores, amigos, colegas, filósofos y, con harta frecuencia, hombres que fueron atravesados por alguna revelación religiosa y emprendieron alguna misión espiritual a partir de esas experiencias donde se constata, para algunos pocos, que la vida se juega en un instante. Que para muchos, existe realmente ese instante definitivo. Ramón Lull, León Bloy, Miguel de Cervantes, el General Quiroga, Marco Aurelio, Boecio, Godofredo Leibniz, entre otros, forman parte de esa romería de fieras, que Borges encuentra en la cultura con la misma facilidad que Roberto Arlt en los cafés de Buenos Aires. Inverosímiles impostores que vieron a la partera, se impusieron la vilificación de lo blanco o se desgraciaron en un lance. Si tuviera que elegir qué imágenes perdidas me gustaría rescatar del olvido, como un Fausto parcial al que se le concede un deseo, creo que le pediría a ese Dios, del que alguna vez Borges dijo que le rezaba, aun presuponiéndolo inexistente, ver a Borges jugar al truco.  Merece el Gran Premio en una final ganada por muchísimas cabezas.

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