Casa de las Américas:

Posted in Esto es todo, amigos on febrero 9th, 2012 by soypielroja

Casa de las Américas entre 1960 y 1971. Un esplendor en dos tiempos”

Revista bimestral aparecida en julio de 1960, Casa de las Américas, (1960- ) es el órgano de la institución cultural del mismo nombre, creada en 1959 y dirigida por Haydée Santamaría, esposa del Ministro de Educación, Armando Hart, heroína del Moncada y fidelista ferviente hasta su muerte. Actualmente y desde 1986, la dirige Roberto Fernández Retamar,  quien salvo un brevísimo período fue, desde 1965, también director de la revista.

La saludable existencia de que gozan institución, revista y premio (ver más adelante) impide una valoración o descripción definitiva. No sólo por la ley que impone la inconclusión de lo todavía vivo sino, muy especialmente, por la enorme cantidad de correspondencia aun inédita conservada en los archivos de la institución. Como los vínculos de muchos intelectuales entre sí y con la Casa de las Américas se tramitaron de manera epistolar y privada, será muy interesante el día que se conozca, como lo demuestran los casos en que la revista dio a conocer algunos fragmentos.

La institución Casa de las Américas surgió como una necesidad cultural de intercambio con los gobiernos de América Latina. Debido a que casi todos los gobiernos del continente habían roto relaciones diplomáticas con Cuba, la institución tuvo que crear los mecanismos para seguir existiendo pese al aislamiento. Debe reconocerse la velocidad de reflejos y la identificación de los intelectuales y artistas como interlocutores ideales (mucho mejores que los gobiernos) como promotores sinceros de lo que fue la Revolución Cubana en su momento.

Tanto la revista como el premio fueron extraordinarias armas contra el bloqueo: no sólo lo neutralizaron desde el punto de vista cultural; lo convirtieron en un argumento de legitimación para reclutar letrados con aspiraciones revolucionarias. Fue el más sonoro llamado de reunión para los intelectuales en un período en que éstos se consideraron actores principales de la política.

En ese contexto la institución convocó, en octubre de 1959, su primer concurso literario anual. Y la revista y el premio fueron realimentándose mutuamente. La casa como “sede” se fabricaba en el día a día del encuentro intelectual en La Habana, en la circulación de discursos diversos y en el entusiasmo que contagiaba a los presentes, que a su vez ampliaban ese entusiasmo por medio de artículos y arengas. Y desde la sede, por medio de la palabra de sus miembros dispersos, se configuraron las Américas que dan sentido al título.

La Casa de las Américas fue un centro gravitatorio crucial para la generación y consolidación de la red letrada latinoamericana de los años sesenta y setenta. El viaje a La Habana para participar como jurado del concurso trenzó fuertes relaciones entre los intelectuales invitados a la isla; soldó alianzas, discursos, programas y configuró un “nosotros” que transformó gradualmente la revista al tiempo que contribuyó a transformar, en un proceso dialéctico, la misma red que se constituía a partir de la sociabilidad y los encuentros en Cuba. Conforme se extendía el número de visitantes, invitados de invitados, Casa de las Américas fue convirtiéndose en una revista político-cultural modelo, por su mensaje revolucionario innovador, la modernidad de su diseño, el prestigio de sus colaboradores.

La mayoría de los autores que escribieron en un comienzo en Casa de las Américas procedían de las revistas Ciclón y Lunes de Revolución, suplemento semanal del diario Revolución, fundado por Carlos Franqui en 1959 y que dejaría de salir, no sin discusiones, en noviembre de 1961.  Las firmas más habituales de esa época eran  entre otras,  las de Antón Arrufat, José Triana, Calvert Casey, Pablo Armando Fernández, Virgilio Piñera, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, Rogelio Llopis.

En los comienzos, la revista no tenía, no lograba o no quería expresar un programa claro. Esa reticencia era lógica, teniendo en cuenta los vaivenes políticos del proceso revolucionario, en esa etapa inicial, de tanteo, de optimismo, en una coyuntura delicada, difícil y convulsa: la invasión a Bahía de Cochinos, la asunción del marxismo-leninismo como doctrina de gobierno, la crisis de los misiles, la crítica al sectarismo, los debates entre intelectuales y políticos, el primer congreso de escritores y artistas, entre otras vicisitudes. En la memoria reciente de Casa de las Américas, pesaba también el temor por el pésimo final de la relación entre artistas y gobiernos en los países socialistas. El optimismo era directamente proporcional a la incertidumbre de cómo se lograrían otros resultados: “Los cambios que la Revolución ha llevado a cabo en nuestra vida social y personal encontrarán en una forma u otra expresión a través de todo artista genuino: esperamos que nuestros creadores tengan la profundidad y la vitalidad de nuestra revolución. No sé cómo se expresará la Revolución: pero se expresará”. El tono era unánime aunque esta vez firmaba Edmundo Desnoes (136).

Por su mayor visibilidad, muchos estudiosos tienden a considerar a Casa de las Américas como representante de un discurso cultural cubano que sería “homogéneo”. Lejos de eso, Casa de las Américas es uno de los muchos actores y no la representación de su conjunto, por otra parte, nada armónico. Como explica Luisa Campuzano (2001: 39) la multiplicación de revistas y magazines literarios que se produce en Cuba durante los primeros años de la Revolución y el clima polémico, en gran medida heredado de polarizaciones y tomas de posición previas a 1959, en que se somete a revisión la cultura nacional prerrevolucionaria, la relación del escritor y el artista con la sociedad, las distintas corrientes del pensamiento marxista, arrastran a Casa de las Américas, en sus primeros números, a participar en el debate.

Casa de las Américas se esforzó por no ser oficial mientras pudo. Lo que la hizo tan atractiva no fue que canalizara el discurso revolucionario estatal (la revista oficial de expresión cultural de la dirigencia en la voz de los intelectuales fue La Gaceta de Cuba) sino que no lo hiciera en términos estatales o que durante buena parte de su existencia lo que la caracterizó fueron resistencias para hacerlo. Para decirlo de manera algo brutal: lo que parecía ser, más allá de las necesidades del gobierno, la razón de ser de Casa de las Américas era opuesta a la de muchos que, desde el gobierno o fuera de él, preferían que el estado se ocupara totalmente del arte.

Como un actor específico, se opuso a otros actores e instituciones del universo cultural estrictamente cubano que no lograron, a diferencia de Casa de las Américas, la adhesión generalizada de los intelectuales que despertarían el entusiasmo de la crítica y el público en el continente. Su posición puede resumirse en la defensa del arte moderno, la cualidad epistemológica de la crítica, la no necesariedad de vincular la posición revolucionaria con una determinada temática o técnica compositiva, el valor de un arte innovador y especialmente, su temor a que en Cuba se repitiera la historia del arte soviético.

La sede de la Casa fue escenario de la primera gran discusión sobre arte y revolución entre grupos antagónicos. Allí debatieron inicialmente los representantes de Lunes de Revolución y los del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). El ICAIC, que controlaba la exhibición de películas, incluso en las salas no pertenecientes al Estado, negó el permiso de exhibición al cortometraje P. M., (un ejercicio de free cinema que mostraba la noche habanera mientras Cuba se defendía de la invasión norteamericana) y las protestas por esa negativa condujeron a una reunión en la Casa de las Américas en la cual se enfrentaron ambos bandos. Tan difícil de dirimir se hizo la cuestión que terminó por recabar el juicio de las más altas autoridades políticas y la cita fue trasladada a la Biblioteca Nacional.

La revista no batalló de manera intolerante. Muchas veces encontró suficiente espacio como para transcribir opiniones con las que el lector deduce que no está de acuerdo, como el texto completo del discurso pronunciado por Nicolás Guillén en el Primer Congreso de Escritores, de clara impronta comunista, donde se sugiere que para escribir hay que ver y vivir “en una granja del pueblo, una cooperativa de consumo” o “tocar con nuestras manos la piel sudorosa de los trabajadores de las minas”.

La extrema amplitud temática de las primeras entregas también testimonia de su vocación mediadora: Thoreau, Cervantes, Shakespeare, Benjamin Péret, Esteban Echeverría, Ionesco, Macedonio Fernández, Shakespeare, Edward Albee, Scott Fitzgerald son autores que poco tienen que ver con su objetivo manifiesto en la contratapa del número 4 de “servir a todos los pueblos del continente en su lucha por la libertad”.

De buena voluntad parece ser su ambición de recuperar para lo americano autores, temas, obras y problemas de la América del Norte (la poesía beatnik, los novelistas, los negros, los escritores negros) y tal vez estratégica su decisión de que no era obligatorio responder a lo “actual”, excepto cuando los acontecimientos lo exigían (el número 6 estuvo dedicado completamente a la invasión norteamericana en Playa Girón, el número 8 al Congreso de Escritores y Artistas, por ejemplo). Estratégicos también pudieron ser sus silencios: en la nota panorámica sobre el cine realizada en 1961, no se menciona ni siquiera la existencia de P.M., la “peliculita culpable”, como llamó Cabrera Infante (1992a: 62) al corto que codirigió su hermano.

En ese contexto no debió ser fácil hacer prosperar una publicación cuyo propósito era representar, en el interior del mundo letrado nacional, una tendencia a favor de la autonomía del arte y los artistas y, hacia afuera, un discurso que mostrara lo que la mayoría de los intelectuales deseaba encontrar en una revista cubana.

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Como se sabe ¿Cómo se sabe?

Posted in Peer Review on enero 30th, 2012 by soypielroja
English: Isaac Newton: Principia Mathematica E...

Image via Wikipedia

Con la cómoda muletilla “como se sabe” suele apelarse al conocimiento considerado común. Sin embargo, “como se sabe”, los conocimientos considerados comunes están sujetos a modificaciones, a veces dramáticas. En ocasiones, quien perpetra un “como se sabe” de esa clase, pretende que se le de patente de corso para afirmar, contra lo que se sabe, estados graves de ignorancia, falsedades, invenciones o batiburrillos de ideas mal cosidas por quien cree que sabe algo y, por si fuera poco, pretende enseñar a los que “no saben”.

Ante el “como se sabe” habría que oponer al sabio la inmediata pregunta de quién lo sabe, cómo lo sabe y si ha revisado bien los fundamentos de ese saber tan extendido del que considera superfluo rendir alguna cuenta. Sucede en casos donde ese “como se sabe” esté en las antípodas de lo que realmente se sabe, propague errores de saberes no sometidos a discusión pero indemostrables y, peor, refutables.

“En un pueblo de literatos, no habría jamás una verdad reconocida sino un millón de verdades en discusión”. La frase pertenece al Cardenal Richelieu y la cita José Mármol, en el primer número del periódico La Semana, publicado en Montevideo, el 21 de abril de 1851. Los “literatos”, explica Mármol, se forman en Universidades y Academias y son lo opuestos a la figura del escritor público, tal como la define el propio Mármol, que en ella se incluye. Le dan la razón los redactores de La Mariposa (Número 3, Año I, 16 de marzo de 1851). Se acaba de fundar la Universidad de la República, uno de los “grandes progresos de la enseñanza que ha traído el sitio de Montevideo, ya por su duración, ya por los hombre ilustres que en el país han aparecido o ya por los acontecimientos estraordinarios que han tenido lugar”. Escriben los redactores, entonces: “Dejemos a los políticos y a los historiadores que narren sus acontecimientos; dejemos a los poetas que canten su heroísmo y su gloria; nosotros, como pobres escritores literarios más propiamente como estudiantes, tomaremos la parte que nos toca ocupándonos únicamente del impulso que ha recibido la enseñanza durante esta época distinguida”. No sería inconveniente pensar los límites de la Reforma Universitaria de 1918, proclamada como momento fundacional de la revolución americana, a partir de estos breves pero elocuentes llamados a considerar la complejidad de lo que “como se sabe” denominamos  “letrados”, sin que la categoría haga justicia a la analítica que proponen los mismos sujetos de quienes predicamos tantas muy sabidas cosas.
Existe, en ese “como se sabe” generalizador, una capitulación de la curiosidad, un deseo de deshacer la responsabilidad del saber en la comunidad de quienes deberían admitir que ese saber es, en efecto, sabido y el embrutecedor anhelo de no saber.

Comparto reflexiones y datos proporcionados por Juan Manuel Olarieta Alberdi en torno a algunos hábitos “científicos”.

El primer enemigo del avance científico es la ciencia misma, o por mejor decirlo, la comunidad científica. El saber adquirido aspira a reproducirse de manera endogámica y los especialistas constituyen un círculo muy reducido entretenido en una especie de monólogo interior satisfecho de los grandes logros alcanzados en el pasado.

Como cualquier otro fenómeno, la verdad no brota instantáneamente sino que es un proceso que tropieza con la inercia de quienes están apegados a los saberes momificados y decrépitos, a los tópicos, rumores y refranes de origen oscuro. La mayor parte de las resistencias provienen, pues, de ese cúmulo de conocimientos codificados que se resiste a desaparecer en forma de planes de estudio, manuales, diccionarios y enciclopedias. Sujeto a una sociedad competitiva, hoy el científico al uso tiene que buscar el aplauso de sus colegas, seguir la corriente. Tiene que denostar a los malditos y alabar a los consagrados.

A la comunidad científica sólo le interesa el progreso cuando son ellos mismos los que aparecen en los títulos de propiedad intelectual, adoptando las medidas a su alcance si esos mismos progresos provienen de la competencia. La codicia y el plagio son hoy condicionantes habituales del trabajo científico. La cita es otro de los exponentes de ese carácter repetitivo del conocimiento, que mira al pasado más que al futuro. Como mecanismo escolástico, las citas forman parte de las peores tradiciones de la economía del pensamiento, de un cierto tipo de método que no sólo no interroga al saber adquirido sino que pretende servirse de él. ¿Cómo es posible que la “comunidad científica” se pueda equivocar? La codificación del saber es imprescindible para su difusión y, al mismo tiempo, sus instrumentos son la expresión de la ideología dominante, una momia que se resiste a dejar paso a la innovación.

La ciencia no es un proceso acumulativo o lineal de conocimientos porque avanza como una crítica del saber establecido. La duda es su arma más afilada. La ciencia pone en marcha mecanismos infantiles que interrogan incansables por la razón última de las verdades que la “comunidad científica” cree firmemente establecidas. A su vez, la “comunidad científica” mira con desconfianza el futuro, las novedades. Las citas de un artículo innovador sólo pueden contener críticas, nunca apoyos, porque carece de referentes previos, no tiene pedigrí.
Más que los hechos, las investigaciones y las argumentaciones, lo que mejor respalda a una tesis científica es una documentación escrita. Ante las dudas que causan las novedades se ha convertido en un tópico preguntar por un cierto tipo de “respaldo” para determinadas tesis, que siempre conducen a los precedentes y a la existencia de previa documentación: ¿existe algún artículo publicado que avale la conclusión?

Uno de los índices más claros del declive actual de la ciencia es la omnipresencia de las revistas especializadas: sólo se considera como ciencia lo que aparece publicado -precisamente- en una revista, es decir, adaptado a determinados cánones que sólo existen en un artículo científico. La ciencia moderna se escribe en concisos telegramas; prefiere el formato de 40 líneas en el que se redactó el artículo de James  Watson y Francis Crick sobre la doble hélice que las 400 páginas de los Principia mathematica de Newton. En realidad la situación es mucho peor porque casi nadie se lee esos artículos, sino sólo el resumen que los encabeza porque no interesan los medios utilizados en la investigación sino sus resultados exclusivamente. Hoy la mayor parte del espacio tipográfico que ocupa un artículo científico se reserva para los numerosos firmantes del mismo. Es casi imposible encontrar un libro como referencia bibliográfica. Naturalmente que, en plena era digital, los demás medios de publicación tampoco se consideran aptos para transmitir conocimiento científico.
— En 1947 el argentino Meny Bergel con 22 años, siendo aún estudiante de medicina, expuso la teoría metabólica de la lepra, que chocó con la teoría infecciosa o bacteriana, vigente desde que la expuso Hansen en 1873, según la cual la lepra está causada por el denominado bacilo que lleva su nombre. Se inició así una sorda batalla que se prolonga desde hace sesenta años. En 2005 siete leprólogos de la Universidad de Madras (India) confirmaron la tesis de Bergel, aunque es dudoso que los defensores de la tesis dominante reconozcan un error tan prolongado sin quedar en evidencia.
— Cuando Theodore Maiman (1927-2007) fabricó el primer rayo láser en 1960, la revista Physical Review Letters rechazó publicar su descubrimiento y nunca recibió el Premio Nobel. Fue repudiado en Estados Unidos, pero reconocido en Europa y Japón, teniendo que marchar a Canadá a trabajar, donde narró su marginación científica en un libro titulado “La odisea del láser” (The laser odyssey).
— La publicación de la primera versión completa de la teoría de la simbiosis de Lynn Margulis (Origin of mitosis cells) fue rechazada por 15 revistas diferentes y el manuscrito original se perdió; no logró publicarlo hasta 1967 gracias a la intervención personal de James F. Danielli, editor de la revista Journal of Theoretical Biology. Le sucedió lo mismo con la publicación de su primer libro, que fue rechazado después de un año de silencio con una valoración “extremadamente negativa” de su contenido.
— En 1973 Nature rechazó la publicación del trabajo de Paul Lauterbur sobre la obtención de imágenes corporales por resonancia magnética. Hasta entonces esta técnica no se había aplicado a la fotografía del cuerpo. Treinta años después le concedieron el Premio Nobel por ello.
— Cuando los australianos J. Robin Warren y Barry J. Marshall publicaron en The Lancet en 1982 la vinculación entre la bacteria Helicobacter pylori y la úlcera gastroduodenal, hasta el momento considerada como una enfermedad crónica vinculada al proceso erosivo de la pared gástrica, la comida picante y al estrés, fueron ninguneados ya que la opinión dominante suponía que las bacterias no podían sobrevivir en el medio ácido del estómago. Warren y Marshall dedicaron dos décadas de su carrera a luchar contra un muro sordo. Marshall llegó a beber un cultivo de H. pylori, desarrollando una gastritis y recobrando la bacteria de su propio revestimiento estomacal. En 2005 les concedieron el Premio Nobel de Medicina.

Hoy Copérnico, Kepler, Galileo, Newton o Darwin también tendrían serias dificultades para publicar sus obras en revistas como Nature o Science porque algún censor escrupuloso haría un largo listado de sus errores para justificar su función. Sin embargo, Jan Hendrik Schön publicó quince artículos en Nature y Science que, a pesar de que fueron revisados por terceros, resultaron ser fraudulentos y fueron posteriormente retirados. La revisión no garantizó la veracidad, Schön quedó desacreditado, pero nunca se ha discutido la solvencia de aquellos revisores.

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¿Periferia o fraude?

Posted in Peer Review on enero 19th, 2012 by soypielroja

Antes de entregar una colaboración en un libro, por el que no ganaré ningún dinero y del que, en el mejor de los casos, mi participación me hará acreedora a un ejemplar, me comprometo por contrato a ser la autora original del trabajo que, además, debe ser inédito. Curiosamente y sin mérito que lo justifique, las revistas con referato, han sacado patente cienciométrica como portadoras de una “calidad” que nadie ha constatado fehacientemente. Se podría alegar, en contrario, que sí se ha podido corroborar el descuido, la irresponsable publicación de cualquier monstruo engendrado por la razón o el hurto malicioso de lo ajeno, sin importar si el material ya ha recorrido otras tipografías supuestamente tan exigentes, si es original, si además de original es relevante y si constituye algún aporte al conocimiento.

Hoy por hoy, cualquier universidad, facultad, unidad académica o asociación –lícita o ilícita– tiene el poder de gestionar un ISSN  e “indexar” algún parto de la malicia o la inteligencia. En ese consorcio donde lo principal es instaurar una cadena de favores para que no siempre el director de una revista publique en ella, lo que de todos modos es ya consuetudo que la elemental garantía de honestidad intelectual y moral debería prohibir, y entre directores y autoridades de unas y directores y autoridades de otras tenga lugar un ininterrumpido proliferar de colaboraciones. ¿No es curioso que el evaluador de una cometa idénticos errores que el evaluador de otra? ¿Que se reiteren incluso los errores ortográficos y sintácticos, en simultáneo con los horrores intelectivos? Es difícil que existan dos o más personas en este mundo tan casualmente inclinadas a pasar por alto groserías idénticas cuando su misión es impedir que mancillen las páginas de una publicación con pretensiones académicas. La conclusión es que nadie ha evaluado nada. El principio constitucional de presuposición de inocencia puede ser útil para confiar en que el autor del engendro, profesional regido por un código de ética y un respeto por su disciplina que se presume, más que la inocencia, sagrado, hace agua en el mar menos pensado. Estamos frente a la mala fe, a la deliberada reiteración de refritos propios con el único propósito de mantener actualizado el curriculum.

Que ese contraventor de la ciencia y la verdad se constituya en anfitrión de un encuentro internacionalísimo destinado a debatir en más de una decena de ponencias, las relaciones entre ciencia central y ciencia periférica, haciéndose olímpicamente el oso sobre la relación entre el fraude y la condición periférica a la que condena cualquier producción que su mera presencia degrada es ya el colmo de la tragedia nativa.

Algo falla en el contralor de quienes ponen a su alcance los recursos para estafar a sus pares y a la sociedad. ¿Con qué criterio CONICET autoriza el giro de recursos a un director de proyectos que solicita fondos para publicar un libro con resultados de investigaciones si, los libros no sirven para nada ante el valor de las publiaciones en revistas con referato y si, como es el caso, los resultados del trabajo del que solicita el dinero, ya han sido publicados con antelación al libro donde supuestamente piensa publicarlos?

¿Qué hace mientras tanto con los resultados de los otros integrantes, que sí entregan inéditos originales? ¿Distribuírlos para uso de conocidos, amigos, entenados? Sí. ¿Utilizarlos para sus propios fines? Sí. ¿Ignorarlos cuando menciona la inexistencia de trabajos sobre un cierto tema sobre el que, extrañamente, versan los que le han sido remitidos de buena fe por integrantes del proyecto que dirige?

El reglamento que establece los criterios por los que se otorgan subsidios menciona que valoran la “actividad intelectual original” pero no queda claro si existe, además de la mera rendición de cuentas, alguna instancia donde se evalúe el “libro” publicado con los fondos públicos: si ha habido actividad intelectual original, si se ha respetado la autoría de los miembros del equipo de investigación, entre otros detalles. ¿Si, como es el caso, el director del proyecto ha utilizado los fondos para hacer imprimir un libro, en el que publica un refrito muy anterior a la solicitud del subsidio, NO ESTÁ VIOLANDO NORMAS ELEMENTALES DE LA ACTIVIDAD INTELECTUAL Y MORAL? ¿Además de rendir cuentas “contables”, no se presume que deberá ser objeto de evaluación cuidadosa no sólo el uso de los fondos sino la pertinencia, calidad, responsabilidad, originalidad, del producto para el que fueron solicitados?

¿Qué sentido tiene elucidar qué periferia del espacio tiempo habita nuestra ciencia local si no se reflexiona primero y se obliga a hacerlo a quienes por propia decisión se colocan al margen de la ley? Más triste es tener que consignar que estos enjuagues, que podrían explicar, aunque no justificar, robos y espionajes entre laboratorios que custodian conocimientos “preñados” de promesas de ganancias económicas, provienen del área de las humanidades y de “doctores” que apenas saben escribir una oración correcta. Pensar, pensar, pensar… no: de eso nada. En próxima entrega se revelará a qué llaman estos sujetos “pensamiento”.

Mientras tanto: Insisto; lo digo a título personalísimo. Señores del CONICET; presten debida atención a los siguientes subsidios otorgados:

1) PIP 5954: “Redes culturales latinoamericanas. Formación y funciones  durante la modernidad (1900-1930 y la utopía revolucionaria (1960-1980)”. Director: Claudio Maíz.

2)  PIP 11220080101336: “Estudio histórico de las redes intelectuales-literarias en América Latina. Secuencias, contactos, configuraciones, religaciones transnacionales y el impacto en la producción letrada”. Director: Claudio Maíz.

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Científicos en contra del fraude: ¿Y los que se alimentan gracias al fraude? ¿Están realmente preocupados?

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review on noviembre 15th, 2011 by soypielroja

Gran preocupación entre los altos círculos de los fraudulentos

Como una mancha de aceite se desparrama el temor. ¿Cuántos años habrá que dejar de robar? “Se  nos acabaría el negocio”, dicen, en voz  baja, los evaluadores que vienen viviendo del trabajo ajeno…

“¿Tendremos que aprender a investigar?” “¿Con lo difícil que es pensar?”  “!No hay lugar para todos en los puestos dirigenciales!”

“Encallemos juntos, como las ballenas…” “Que no se sepa por qué nos inmolamos, que nadie conozca el mecanismo, que se distribuyan equitativamente las responsabilidades”. “Eso”, se entusiasma uno: “Hagámoslo con el frenesí de la comida totémica: seamos todos tótem, todos sagrados”.

“Pero no, pero no… ” Detiene la deriva delirante de los colegas, con bastante asombro un miembro de las áreas más serias de la ciencia, honestamente preocupado al ver la facilidad metastásica  de ciertos discursos místico-filosóficos-pseudocientíficos. “Basta que un hombre bien no mueva un dedo para que triunfe el mal”, responde aquel viejo habitué del cónclave de los deshonestos. Ese que ya conoce bastante sobre cómo, dónde, cuándo y para qué se celebran aquellos secretísimos concilios, apoyados en la autoridad que han sabido conseguir, no se sabe cómo. Y no desearía uno averiguarlo. El último que ha tomado la palabra está parafraseando a Edmund Burke, tal vez sin saber quién es Edmund Burke. “La deshonestidad vencerá”, se consuela y consuela a los preocupados pares evaluadores que temen que se acabe su licencia para robar. Se lleva anotada mentalmente la secreta intención de proponer, más adelante, expulsar todo atisbo de pseudociencia del organismo que concentra la producción científica y tecnológica de la Nación.

“Confiemos”, dicen en voz baja. “Para vencer la gravedad hay que hacer un esfuerzo. Lo más habitual es que venza la inercia y aporte más gatos pardos a la noche del basural”. Se retiran tranquilos: muchos se van con años de holgazanería asegurada gracias a los investigadores sobre los que han posado sus picos y garras carroñeras.

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Mazorcas en los Andes

Posted in Peer Review on noviembre 12th, 2011 by soypielroja

Epístolas non sanctas

San Martín, seguramente no cruzaste los Andes para esto. ¿Cómo era? ¿Serás lo que debas ser y si no no serás nada? Entre nos, era preferible nada.

Subject: seminario 2004

Aprovecho la oportunidad de tener tu nuevo correo para enviarte esta información sobre un Seminario Argentino-chileno y I del Cono Sur que realizamos el próximo año en Mendoza, junto con una red de universidades. Me interesaría que consideraras la posibilidad de asistir. Por ahora podemos ofrecerte el alojamiento. También mi interés se orienta al hecho de que conozco tu trabajo sobre los sesenta y tengo interés en el tema, sobre todo, desde el punto de vista de las redes intelectuales. En fin, espero que tengamos la oportunidad de abrir un diálogo. PD también te envío una convocatoria de la Universidad de Talca (Chile) donde se plantea una problemática de los sesenta. Cordiales saludos, Dr. Claudio Maíz Investigador de CONICET

Cordiales saludos,

Dr. Claudio Maíz

Investigador de CONICET

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