Los viejos no son abuelos. Son un espejo de tu propio futuro

Como no todo varón es padre ni toda mujer madre los viejos no son abuelos. Tras esa esa especie de “familiarización” cariñosa escondemos en vano nuestro crudo cinismo. Hablamos de la democracia como si fuéramos atenienses pero recurrimos a las normas espartanas sobre el descarte de los malqueridos, los imperfectos, los frágiles, los anormales, los inútiles. Tenemos muchos montes Taigeto porque los viejos son montones.  A la vulnerabilidad inherente al viejo (alguien que está muy consciente de la salud que ha perdido por efecto de la mera, inevitable oxidación) se le suma el hecho irrebatible de que gran parte de los viejos se volvieron “inútiles” toda vez que sus conocimientos perdieron su relevancia y valor o carecen de canales donde circular.

Los viejos no se viralizan ni piden transplantes que nunca les van a dar porque están en la antesala de la muerte. Abuelizarlos los caricaturiza. Podría hacer una lista de las guarradas inmundas de mensajes publicitarios estereotipados pero lo que más me molesta es que ahora haya gente a quienes no incomode que los viejos sean llamados abuelos.

Los viejos no tienen rating, son al mismo tiempo gente tal vez muy sola a la que nadie quiere ver realmente, porque es un memento mori, un recordatorio de la inevitable Parca. La idea actual de que hay cosas que se “visibilizan” señala que existen básicamente la invisibilidad como fondo tras el cual algo que ya estaba ahí se vuelve visible. Es decir que casi todo es invisible y opaco. Sin embargo sabemos todos bien la respuesta al enigma de la Esfinge que derrotó Edipo precisamente sobre las edades del hombre. Estamos acá en el hombre de tres patas, el que precisa bastón.

Retomando: La causa de los viejos es la menor (la más menor, diría) de todas las causas. Hay que recordar bien que todo viejo fue joven para que todo joven tenga muy presente que inevitablemente, por ahora, será viejo. Viejo de toda vejez. Vida desnuda.

 

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