Borges, anatomía de su “ultra” y sueltos

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras on noviembre 29th, 2015 by soypielroja

“ANATOMIA DE MI  ULTRA”

La estética es el andamiaje de los argumentos edificados a posteriori para legitimar los juicios que hace nuestra intuición sobre las manifestaciones de arte. Esto, en lo referente al crítico. En lo que atañe a los artistas, el caso cambia. Puede asumir todas las formas entre aquellos dos polos antagónicos de la mentalidad, que son el polo impresionista y el polo expresionista. En el primero, el individuo se abandona al ambiente; en el segundo el ambiente es el instrumento del individuo. De paso, es curioso constatar que los escritores autobiográficos, los que más alarde e hacen de su individualidad recia, son el fondo los más sujetos a las realidades tangibles. (Verbigracia, Baroja). Sólo hay, pues, dos estéticas: la estética pasiva de los espejos  y la estética activa de los prismas. Ambas pueden existir juntas. Así, en la actual renovación literaria –especialmente expresionista–  el futurismo, con la exaltacionde la objetividad  cinética de nuestro siglo,  representa la tendencia pasiva, mansa, de sumisión al medio…
Ya cimentadas esas bases, enunciaré las intenciones de mis esfuerzos líricos. Yo busco en ellos la sensación en sí, y no la descripción de las premisas espaciales o temporales que la rodean. Siempre ha sido costumbre de los poetas ejecutar una reversión del proceso emotivo que se había operado en su conciencia; volver de la emoción a la sensación, y de ésta a los que la causaron Yo –y nótese bien que hablo de intentos y no de realizaciones colmadas – anhelo un arte que traduzca la emoción desnuda, depurada de los adicionales datos que la preceden. Un arte que rehuyese lo dérmico, lo metafísico y los últimos planos egocéntricos o mordaces. Para esto –como para toda poesía—hay dos imprescindibles medios: el ritmo y la metáfora. El elemento acústico y el elemento luminoso.
El ritmo: no encarcelado en los pentagramas de la métrica, sino ondulante, suelto, redimido. bruscamente truncado.
La metáfora, esa curva verbal  que traza casi siempre entre dos puntos –espirituales—el camino más breve.

JORGE= LUIS BORGES

Ultra, Año I, Número 11, Madrid, 20 de mayo de 1921.

(Sobrantes de abono… )

Reflexión primera

Poco tiempo le duró el ultraísmo…  Ya lo había despedido en sus primeros libros de poemas; llevan la etiqueta ultraísta por inercia y no por gran familiaridad con los escritos y publicados bajo el efecto anatómico de ese ultra proclamado en 1921. Por más avanzado que un vanguardista esté en la fila, no deja de andar en formación. Es mejor ser, como Breton, el dueño del castillo y establecer derechos de aduana y residencia. ¿Para qué tener anatomía propia si en la trinchera colectiva un cuerpo vale lo mismo que otro? Borges tuvo la habilidad artística y la suerte de poder insertarse en un mundo familiar totalmente excepcional: padres, amigos mayores, contemporáneos, locales y extranjeros, primos, cuñados, hermanos, personas con poder y recursos que admiraban el poder y los recursos de Borges, que no eran pocos, si se decidía a utilizarlos en contra de alguien. Cuarto propio, anatomía propia, inteligencia propia y naipes propios y marcados y una cultura muy superior a la de sus coetáneos y sus sucesores. Conocía, no sólo el presente: ¿alguien más leyó, como Borges, su pasado y presente inmediatos, en todos sus legados: Lugones, Darío, Unamuno, Groussac, Hidalgo, Ascasubi, Lussich, Hernández, Ipuche, Melián Lafinur, Gerchunoff, Silva Valdés, Güiraldes, Macedonio Fernández, Evaristo Carriego, Almafuerte, los de España, los del Plata, los de todas partes?
En lugar de ser un moderno del montón, amparándose en la inocente ignorancia de la cultura del pasado, que, después de todo, si nos guiamos por Baudelaire, es nada menos que la mitad del arte, Borges se ha convertido en precursor de sí mismo y de la vaga indolencia a que responde la palabra  “posmoderno”. Como nadie puede definirse con términos que desconocía en su momento, menos podría avenirse a la adición de una partícula que lo designa como sucesor de lo que fue. Si moderno no se le aplica a Borges, no se le aplica a nadie. Borges es, en cuanto a tradición estrictamente modernista como Joyce.  Y recordemos que un agudo crítico como Edmund Wilson, atribuía la novedad de Joyce al legado simbolista. De modo que uno nunca es lo que va a ser ni lo que fue: habrá que acostumbrarse a ese problema metodológico. Baudelaire sería, también, un precursor de la posmodernidad: nos arrastra de las Academias al presente y seguimos sin poder habitar la Edad Contemporánea. Borges también fue sensible a los valores que la “alta cultura” desprecia: sus relatos han merecido el calificativo de policiales o fantásticos, cuando casi ninguno sigue realmente las normas de esos géneros. ¿Qué hay de fantástico o de policial en Pierre Menard, autor del Quijote? ¿Qué violenta la lógica del género? ¿No saber quién era Menard, ni de qué murió? ¿Cuál es el enigma? ¿En qué reside lo fantástico de esa “necrológica”?  El proyecto de Menard, nos lo ha dicho Borges varias veces, no tiene nada que no haya estado presente en la historia del Corán. El misterio lo guarda ese narrador que se recluye en un cuarto cerrado para inventariar los objetos del muerto, al tiempo que lo evoca para un círculo selecto de amigos, conocidos y rivales.
Borges se explayó lo suficiente sobre el tema de los precursores: Lutero anunciaría el relativismo si ligeramente se elevara a libertad de interpretación la libertad de lectura. ¿Libre para leer en letras de un idioma que comprendo o libre para interpretar y difundir mi libre imaginación con apoyo casi liberado de la letra de esas escrituras que me estaban por completo vedadas y que me llegaban transformadas en sonidos, prescripciones, órdenes y representaciones temibles sobre la relación entre mis acciones y mi futuro al punto de contribuir como consumidor al crecimiento del mercado de futuros que generaban los vendedores de bulas y reliquias? La eternidad, de todos modos, apenas haría mella en la efímera “libertad” de mi existencia finita. La gracia divina ejercía mayores rigores y era pensada como un regalo arbitrario e incierto. Recién ante las puertas de ese juicio sabría uno si pertenecía a los elegidos o a los condenados. Precio alto de la libertad, menos oneroso que el impuesto a los herejes terrenales por los custodios de la correcta vía. Juana, te han santificado. Galileo, finalmente te dieron la razón de manera formal. Ignoro si esos cambios de humor mundanos mueven a las almas en los paraísos eternos, que no existen, según se ha promulgado recientemente. Los personajes de Dante tienen graves problemas de vivienda en estos días.

Reflexión segunda

Otra cuestión que Borges insiste en mostrar pero que los lectores se empeñan en ignorar por eso de hacerlo tan moderno como sea posible, es que el escritor “argentino” se acomoda en domicilio rioplatense y gaúcho. El privilegio que se le ha reconocido a la Banda Oriental, Provincia Cisplatina o República Oriental del Uruguay, que es el de ser sede de la novela nativista es rechazado por quienes podrían ostentar los títulos: prefieren dejar todo mostrenco en aras de ejercer la crítica. Ricardo Rojas no encuentra novelas en América y su búsqueda comienza, lo admite, en el siglo XVI. No sé qué pensaría Miguel de Cervantes Saavedra, que hace figurar en la biblioteca del caballero e ingenioso hidalgo Don Quijote obras de exótica épica extranjerísima ( ¿?¿ ?,?) para él, como La araucana. Y, que, después de todo, publica la primera obra del género en 1605, en manuscrito no identificable y ediciones en las que han puesto su mano unos cuantos después, como ha sucedido con muchos otros “libros”, de los que tanto se ocupa precisamente Borges cuando señala la relación entre traducción y autoría para Las mil y una noches, en la que se incluyen historias y relatos de los propios “traductores”. Ni qué hablar de otros “libros” famosos, que ni siquiera eran libros preexistentes cuando se pusieron por escrito, como la Ilíada y la Odisea, para usar los ejemplos borgeanos. Y eso hará Borges también: tratar de incluirse en la cadena de autores, traductores, socios literarios, amigos y versionistas que nos han alcanzado obras que consideramos como si siempre hubieran sido objetos para anaquel de biblioteca.
Tanto se nos escapa interpretando que olvidamos recordar las tradiciones letradas y políticas locales: Borges insiste en mencionar la hispanidad de Séneca y Lucano. El quién es quién que Gutiérrez se esmera en dejar asentado nos recuerda que el Coronel Francisco Borges nació en Montevideo y que murió luchando del lado de “las fuerzas de la revolución” encabezada por el general  Bartolomé Mitre, en 1874. Tanto a Borges como a Herrera y Reissig (imaginar qué pensaría el precursor Artigas es todavía más inquietante) les resulta extraño decir “uruguayo” en lugar de “oriental”.

Una aclaración se impone: la patria no debe confundirse con la nación, como bien lo sabía Virgilio cuando dio estatuto de héroe romano a Eneas. El pasado está en la patria, allí donde entierra uno a sus muertos: la nación es un futuro posible, no necesario y se funda sobre los lares y penates previamente rescatados en las derrotas y nómades hasta que encuentra un pueblo sitio donde asentarse. Y las letras nacionales están claramente escritas en códigos y constituciones. El problema no es unir sino separar, como se verifica en las rivalidades fronterizas y las guerras por cuestiones limítrofes que enfrentaron o estuvieron a punto de enfrentar a los “hermanos latinoamericanos” (para usar una denominación problemática, como todas las existentes). La ley domicilia: define la persona y la obliga a darse un espacio para ser notificada. El que no tiene domicilio es un vago y carece de los derechos de ciudadanía. La identificación no es derecho sino una imposición: en el pasado se requería pasaporte para circular entre provincias. Es frecuente olvidar los aspectos materiales de las cosas y pasar a las zonas especulativas. Mientras tanto, nada parece tan normal como presentar documentación, votar representantes, etc. etc. mientras se critica la idea del estado nación, cuya existencia, de hecho, no es ni explicativa de fenómenos que exceden su incumbencia ni debiera serlo.

Borges se llamaba también la madre brasileña de Juan Carlos Onetti, nacido en Uruguay y convencido de que la tradición literaria local seguía siendo el vacío: los campos y el ganado cimarrón. Borges y colegas rivalizaron en terrenos no sólo locales, con lo que muchas disputas intensas asordinaban sus ecos y se hacían invisibles al llegar a los arrabales. Quede, para la historia de la infamia, un recuerdo de Borges. La disputa entre Maestros y Apóstoles locales que tuvo como protagonistas a Santos Chocano, Vasconcelos y Lugones y víctima fatal al muy poco recordado Edwin Elmore.

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Un poema ultraísta de Jorge Luis Borges “Prismas. Sala vacía”

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras on octubre 11th, 2015 by soypielroja

PRISMAS

SALA VACIA

                          A Humberto Rivas

Los muebles de caoba perpetúan

entre la indecisión del brocado

su tertulia de siempre

Los daguerrotipos

Mienten su falsa cercanía

de vejez encerrada en un espejo

y ante nuestro examen se escurren

como fechas inútiles

de aniversarios borrosos

Con ademán desdibujado

su casi-voz angustiosa

corre detrás de nuestras almas

con más de siglo de atraso

y apenas si estará ahora

en las mañanas iniciales de nuestra infancia

La actualidad constante

convincente y sanguínea

aplaude en el trajín de la calle

su plenitud irrecusable

de apoteosis presente

mientras la luz a puñetazos

abre un boquete en los cristales

y humilla las seniles butacas

y arrincona y ahorca

la voz lacia

de los antepasados

 

En revista Ultra, Madrid, Númer0 22, 15 de enero de 1922

 

borges en 1921

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Un poema ultraísta de Jorge Luis Borges: Ultimo rojo sol

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras on septiembre 13th, 2015 by soypielroja

Las casas a media asta

casi a ras de la calle

y no un poniente monstruoso

que tiene abiertas todas sus alas

 

(dolida y desnuda

una guitarra brusca se desangra)

 

El poniente de pie como un Arcángel

tiraniza la calle

 

Recién cuando el ocaso

es ya una cosa legendaria

se imponen los acordes al paisaje

 

(En Revista Ultra, Año I, Madrid, Número 20, 15 de diciembre de 1961)borges en 1921

 

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Un poema ultraísta de Jorge Luis Borges: “Prismas”

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras on agosto 8th, 2015 by soypielroja

              P R I S M A S

(Acordes—Mendicantes—Ciudad—Pueblo)

Amanecen temblando las guitarras

mi alma                    pájaro oscuro ante su cielo

Ya se murió la lámpara en la urna

más todavía

clama el silencio de las manos

como una herida abierta

Por la noche blindada

vamos abriendo como ramas las calles

En los ciegos aljibes

se habían colmado de suicidio las manos

Las esquilas recogen la tristeza

dispersa de las tardes        La luna nueva

es una vocecita allá en el cielo

Ultra, Año I, Madrid, 1 de marzo de 1921, Número 4, página 2

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El impostor inverosímil Tom Castro. Historia universal de la infamia.

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras on enero 20th, 2015 by soypielroja

From Wikipedia, the free encyclopedia

 Roger_Tichborne_and_Arthur_Orton

 

Roger Tichborne (left) and Arthur Orton (right)

The affair of the Tichborne claimant was the celebrated 19th-century legal case in the United Kingdom of Arthur Orton (1834–1898), an imposter who claimed to be Sir Roger Tichborne (1829–1854), the missing heir to the Tichborne Baronetcy.

Sketch of Thomas Castro’s (Arthur Orton) butcher shop in Wagga Wagga, New South Wales, which may have been sketched before or during the Tichborne Case.
Roger Charles Tichborne was born on 5 January 1829 in Paris into a prominent Catholic Hampshire family. King James I of England had made his ancestor Sir Benjamin Tichborne sheriff of Southampton, a baronet in 1621. His father was James Francis Tichborne, younger brother of the head of the family, and his mother was Henriette Félicité, an illegitimate daughter of Henry Seymour who had been born and raised in France. James Tichborne’s eldest brother, Henry Joseph Tichborne, the 8th Baronet, died in 1845 leaving only daughters so the title passed to the next brother, Edward. Earlier Edward had been left a large fortune by a distant relation on the condition that he change his family name to ‘Doughty’ and with the expectation that he would have a son to carry on the Doughty name. Edward’s only son died young but he did have one daughter, Katherine, first cousin to Roger.Through the influence of his mother, who did not appreciate England very much, Roger was raised in France until the age of 16 and was fluent in French. His father, James Tichborne, had to claim that the boy had to attend a funeral in England before his mother would let him leave. In 1849 he went to Stonyhurst College and later that year joined the 6th Dragoon Guards in Dublin. Apparently his French accent caused ridicule, and he sold his commission in 1852. He also courted his cousin, Katherine Doughty, though her family disapproved both for his life style and because as Catholics they would need special permission from the Church to marry. Next year he left for South America. From Valparaíso, Chile he crossed the Andes and arrived in Rio de Janeiro, Brazil in 1854. In 1853, Edward Doughty died and the title and fortune passed to Roger’s father who changed his name to James Francis Doughty Tichborne.On 20 April 1854, Roger sailed from Rio Janeiro aboard the ship Bella bound for New York. He was put aboard her by a gentleman who would later be called as a witness by the government. A letter written by Roger just before his embarkation showed his intention at the time to extend his stay abroad for another two or three years. Some four or five days after the Bella sailed, her longboat was found adrift, and she was never heard of again.[1] Roger was pronounced dead the next year, 1855. Roger’s father died in 1862 and the title and property passed to Roger’s younger brother, Sir Alfred Joseph Doughty Tichborne. Alfred died in 1866 and his only son, Henry Alfred Joseph Doughty Tichborne, inherited title and property upon birth a few months later.

Claimant emerges

Arthur Orton c. 1872

On learning the news of her eldest son’s death, Sir Roger’s mother refused to admit that he was dead. She sent inquiries all over the world, and in November 1865, she received a letter from an Australian lawyer, William Gibbes, who said that a man supposedly fitting the description of her son had approached him, and was living as a butcher in the New South Wales rural town of Wagga Wagga.

The supposed Sir Roger was actually London-born Arthur Orton, who at the time used the name Tom Castro. Aside from some facial resemblance to Tichborne, he did not fit the description at all. Instead of sharp features and black hair, he had a rounded visage and light brown hair. He was also overweight and did not speak a word of French. Moreover, his first letter from Australia referred to facts Lady Tichborne did not recognise. Lady Tichborne was desperate enough, however, to accept him as her son and sent him money to come to her.

Orton was reluctant to go at first, presumably because he feared exposure, but his associates—one of whom was an old friend of Roger’s father—made him change his mind. Andrew Bogle, a former servant of Roger’s uncle Sir Edward, accompanied him on his trip to Britain. He arrived in London on Christmas Day 1866 and visited the Tichborne estates. There he met the Tichborne family solicitor Edward Hopkins and Francis J. Baigent who became his supporters. When in January he travelled to the Paris hotel where Lady Tichborne was living, the desperate lady “recognised” him instantly as her son. She even handed him Roger’s letters from South America. The fact that Orton did not understand French did not bother her, and she gave him an allowance of £1,000 a year. Orton researched Sir Roger’s life to reinforce his imposture.

After Lady Tichborne’s acceptance, various other acquaintances of Sir Roger claimed to recognise him as well. They included other officers of the 6th Dragoons, several county families and sundry Hampshire villagers. He even hired a group of manservants that had served in the 6th Dragoons.

Resistance begins

Orton caricatured in Vanity Fair by ‘Ape‘ in 1871

Other members of the Tichborne family were not so gullible and promptly declared him an impostor. Their investigators found out that this Tom Castro was a butcher’s son from Wapping and had jumped ship in Valparaíso, Chile, where he had taken the name Castro from a friendly family. Orton had even inquired about his family members in Wapping when he had come back from Australia. They also found many other discrepancies when Orton tried to fit his own South American experiences to those of Sir Roger.

When Lady Tichborne died in March 1868, Orton lost his most prominent supporter. He would have probably stopped the charade had he not owed a significant amount of money to his creditors. (He sold “Tichborne Bonds” to pay the legal costs when he tried to claim his inheritance from the Tichborne family.) The rightful heir at the time, Sir Henry Alfred Joseph Doughty Tichborne, was only two years old.

 Trials

The Illustrated London News, January 24, 1874. Henry Hawkins addressing the Jury

The trial to establish his inheritance began on 11 May 1871 in the Court of Common Pleas before Sir Alexander Cockburn, 12th Baronet CJ, and lasted 102 days. Orton weathered the attacks against the discrepancies in his story and his outright ignorance of many key facts Roger would have known, including how to speak French as the heir had spent most of his youth in France.[2] Over 100 people vouched for his identity as Roger—except Orton’s brother who claimed otherwise. Eventually Sir John Coleridge (whose junior was Charles Bowen) revealed the whole case in a cross-examination that lasted 22 days, and the evidence of the Tichborne family eventually convinced the jury. The case was closed on 5 March 1872, when Orton’s counsel William Ballantine gave up after witnesses described tattoos which Roger had had but Orton did not, and Orton lost his upper-class supporters.

Charles Chabot gave evidence as an expert witness on questioned document examination.[3]

Orton was promptly arrested and charged with perjury. His criminal trial began in 1873 and lasted 188 days with the judge, again Sir Alexander Cockburn, taking 18 days to sum up.[4] The jury was eventually convinced—based on, for example, testimony by Orton’s former girlfriend—that this claimant was false. Orton’s defence was led by Edward Kenealy, who would later be disbarred for his aggressive behaviour during the case. Orton was convicted on two counts of perjury on 28 February 1874, and was sentenced to 14 years’ hard labour. The legal costs amounted to £200,000 (at least £10 million pounds sterling or $12 million US dollars adjusted currency).

 Aftermath

The Beggar’s Petition

Many people who had supported the claimant’s efforts refused to believe the truth and claimed he was unjustly persecuted. Rumours included conspiracy theories about Jesuits.[5] Kenealy was elected to Parliament, but failed to convince other members to take the Tichborne case to a Royal Commission in April 1875. As a result, Orton’s supporters started a small-scale riot in London.

Orton served ten years in prison and was released in 1884, by which time the public had forgotten him. He confessed in 1895 then later retracted but aroused little interest. He died in poverty on 2 April 1898 and was buried in Paddington Cemetery in London leaving behind a widow. His coffin has a plate with the name Sir Roger Charles Doughty Tichborne.[6]

In 1913 a woman claiming to be Theresa Mary Agnes Doughty Tichborne daughter of Sir Roger Doughty Tichborne though she was also known as Theresa Alexander was arrested, convicted, and sentenced to six months for sending threatening letters to various members of the Tichborne family claiming they were doing her out of her rightful inheritance. She was apparently a daughter of Arthur Orton.[7] In 1923 she was convicted for further threats and sentenced to a year in prison.[8]

Cultural references

Commemorative plate, held in the National Museum of Australia, Eternity gallery. The text around the rim reads: “Would you be surprised to find that this is Tichborne”.

  • The Australian novelist Marcus Clarke (1846–1881) used elements of the Tichborne Case in his novel For the Term of His Natural Life (1874). In the novel the transported convict, John Rex, travels back to England and assumes the identity of Richard Devine. Clarke’s interest in the Tichbornes also led to a lesser known novel Chidiock Tichborne(1874).[citation needed]
  • Jevons‘s Logic, 1876, a small textbook by the economist who invented marginal utility theory, mentions this case to illustrate proof by weight of evidence. The claimant, for example, was unable to distinguish Greek text from Latin.[citation needed]
  • Music hall performer Harry Relph, known on the stage as “Little Tich”, took his stage name from the Tichborne claimant.[10]
  • By 1895 the case had popularised the use of the phrase “you will not be surprised to hear”.[11]
  • Mark Twain‘s 1897 book Following the Equator contains a chapter about the Tichborne Claimant as part of the history of Wagga Wagga.[citation needed]
  • A 1924 play by Margaret Watts (or MF Watts, as she was billed) ran for a short period at the Queen’s Theatre, London starting on 11 September and closing on 18 October and dealt with the history of the case. Directed by Basil Dean, the writer of the play is today better remembered as the sister of crime writer Agatha Christie.[12]
  • The Crooked Hinge (1938) by detective novelist John Dickson Carr combines a seemingly impossible throat-slashing with elements of witchcraft, an automaton modelled on Maelzel‘s Chess Player, and the story of the Tichborne Claimant.
  • Mary Elizabeth Braddon‘s novel Aurora Floyd contains a quote written in Orton’s notebook and used against him during his trial. It reads: “I should think fellows with plenty of money and no brains must have been created for the good of fellows with plenty of brains and no money.”
  • In 1933 Jorge Luis Borges published a short story, “El impostor inverosímil Tom Castro” (“Tom Castro, the Implausible Impostor“). It is an accurate account of the Tichborne case except for the enhanced role of Ben Bogle, although it has often been taken for a work of fiction.[citation needed]
  • Michael Innes‘ detective novel A Change of Heir (1966) has a plot very much along Tichborne Claimant lines, though its hero was provided with interminable diaries to make his recollections convincing.([citation needed]
  • The Link: A Victorian Mystery (1969) is a fictionalization of the Tichborne case by British novelist Robin Maugham.[citation needed]
  • Patrick White‘s 1979 novel The Twyborn Affair, homophone of “The Tichborne Affair”[13] is suffused with ambiguous re-births.[14]
  • The 1995 album The Green Bicycle Case, by the Australian band the Lucksmiths, contains a track titled “The Tichborne Claimant” relating to this case.[citation needed]
  • The 1998 movie The Tichborne Claimant is loosely based on the facts of this case; the dates were changed and Andrew Bogle is presented as the instigator of the fraud (in fact he was deemed by Lord Chief Justice Cockburn after the trial to have been honest but mistaken.[citation needed]
  • The Simpsons episode “The Principal and the Pauper” is based on the Tichborne Case. On the Simpsons Season 9 commentary, the writer vehemently confirms that the story is based on the true story of the Tichborne Heir, not Martin Guerre as many internet fans loudly proclaimed.[15]
  • The 2011 novel The Curious Case of the Clockwork Man (Pyr) by Mark Hodder sets the Tichborne Case as the centerpiece, recasting facts of the case within a speculative, fictional narrative.[16]

 References

  1. ^ Morse, John Torrey (1874). Famous Trials: The Tichborne Claimant, Troppmann, Prince Pierre Bonaparte, Mrs. Wharton, the Meteor, Mrs Fair. Boston: Little, Brown, and Company. p. 14.
  2. ^ University of Texas, Tarlton Law Library – notes on the Tichborne Case
  3. ^ Henderson, T. F. (2004) “Chabot, Charles (bap. 1815, d. 1882)“, rev. John D. Haigh, Oxford Dictionary of National Biography, Oxford University Press , <accessed 27 July 2007> (subscription required)
  4. ^ [Anon.] (1911) “Sir Alexander Cockburn“, Encyclopaedia Britannica
  5. ^ page 352 of The Tichborne Case
  6. ^ from the London Daily Mail (1898-04-18). “Dead, but still the claimant: Arthur Orton to be buried as Sir Roger Tichborne”. The New York Times. Retrieved 2009-10-31.
  7. ^ “The Tichborne Case: The defendant sentenced”. The Times (London): p. 2. 1913-07-13.
  8. ^ “Tichborne Case Sentence”. The Times (London): p. 9. 1923-10-26.
  9. ^ Tarlton.law.utexas.edu
  10. ^ Ernest Henry, Short (1970). Ring Up the Curtain: Being a Pageant of English Entertainment covering Half a Century. Ayer Publishing. p. 61. ISBN 0836952995.
  11. ^ From “The Dress for Bicycling” by Dora de Blaquiere, volume 17, 5 October 1895, p14; reprinted on p178 of Selections from The girl’s own paper, 1880-1907 By Terri Doughty (2004)
  12. ^ Morgan, Janet. Agatha Christie, A Biography. (Pages 113-115) Collins, 1984 ISBN 0-00-216330-6
  13. ^ Mackenzie, Manfred. “” The Mighty Pipe Smoking Me “: Imposture in Such is Life”. Journal of the South Pacific Association for Commonwealth Literature and Language Studies. Retrieved 2 April 2010.
  14. ^ “Roger, is that you?”. English: Sydney Morning Herald. 3 August 2002. Retrieved 2 April 2010.
  15. ^ Keeler, Ken. (2006). Commentary for “The Principal and the Pauper”, in The Simpsons: The Complete Ninth Season [DVD]. 20th Century Fox, 4:25–5:00.
  16. ^ Hodder, Mark. The Curious Case of the Clockwork Man. Pyr. Retrieved March 2011.

Bibliography

  • Annear, R. (2002). The Man Who Lost Himself: The Unbelievable Story of the Tichborne Claimant. Melbourne, Australia: Text Publishing. ISBN 1-877008-17-6.
  • Michael Diamond (2003). Victorian Sensation. Anthem Press. pp. 57–63. ISBN 1-84331-150-X.
  • Rohan McWilliam: The Tichborne Claimant: A Victorian Sensation, Hambledon Continuum, London 2007 ISBN 1-85285478-2
  • Twain, Mark (1897). “Chapter XV”. Following the Equator. literaturecollection.com. Retrieved 2007-05-06.
  • Woodruff, Douglas. The Tichborne Claimant: A Victorian Mystery, Farrar, Straus (1957)
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