¿Dónde queda el mundo?(III)
Para cambiar el mundo hace falta saber donde queda…
No se puede obligar a un lenguaje a no decir lo cierto
Por ejemplo, parece obvio que no puede darse por sentada la existencia de una Primera Guerra Mundial sino a la luz de otra guerra denominada Segunda. Para algunos la Gran Guerra y para otros Guerra Patriótica y para otros, de aquella experiencia impensable de una ruina absoluta lo menos importante era el nombre. Hay que poder hablar como para que entienda el que murió en la trinchera. ¿En qué guerra murió no se sabe ni es importante lo que indica que esas denominaciones van yendo a parar al diccionario de lo obsoleto, como la dactilografía, que hasta hace un tiempo era un saber y se enseñaba y hoy es simplemente un movimiento de los dedos a quien nadie concede importancia particular cuando pone a funcionar una computadora, en la cual el teclado es un dato que no requiere esfuerzos de aprendizaje y que ha acabado con, para dar un ejemplo, el negocio de las academias Pitman.
De modo que sólo pudo hablarse de una Primera Guerra Mundial después de que, en negociaciones diplomáticas se dio por finalizado el conflicto bélico supuestamente acontecido entre 1939 y 1945 y dado por finalizado con el consenso de todos los que deciden cómo el lenguaje debe designar lo que no tenía nombre y que se llamó Segunda Guerra Mundial.
La solución final al principio: había una vez… el Imperio Otomano
El comienzo de la paz, entonces, termina antes de la guerra…